Jamás habría pensado en hacer un viaje tan largo, pero quería morir allá donde crecen los álamos, donde incansablemente trepan buscando un ápice de luz.
Toda una vida buscando de manera infatigable, su particular dorado, siempre pensando que sin sacrificio no viene recompensa, cuarenta y cuatro de sus sesenta y un años trabajando como un cabrón, partiéndose las manos durante agotadoras jornadas de doce o catorce horas.
Santos tenia un bonito oficio, uno de esos que requieren imaginación, o cuanto menos capacidad creativa, imaginero dirían los más entendidos, artesano los del mismo gremio. Pero sin duda no hace merito calificar con un sustantivo el hecho de crear vida estática a través de la moldeable, aunque complicada si no se la sabe tratar, arcilla. Su misión no era otra que la de belenista, poner cara, gesto, brazos, miradas, a los personajes bíblicos que componen la estampa belenística que siempre acompaña a las entrañables fechas navideñas.
Tuvo una juventud repleta de vaivenes, donde como todo buen español trabajador de la época estuvo en la vendimia francesa, trabajo en Suiza, fue pintor de brocha gorda, acompaño a un boxeador local haciendo las labores del cuñado de Rocky, fue vendedor de seguros de deceso…, y así un sinfín de actividades que acabarían llevándolo a dedicarse a su amada profesión, artesano belenista.
Pero como la vida es tan perra, como el orden de los acontecimientos puede llegar a ser tan hilarante, el destino, el azar, o como otros lo llaman: Dios, tuvo a bien enviarle una de esas fulminantes enfermedades que no dan ni los buenos días, y que se instalan en tu vida minándola por todas las esquinas, hasta que el cerco puede ser, y de hecho lo es, letal.
Pero nuestro personaje, Santos, estaba por encima de todo ese discurso medico, por encima del diagnostico, por encima del pesimismo que le dictaba su propio juicio. Aceptar el hecho de su propia muerte, del final de trayecto que lo había llevado por tantas y tantas estaciones de la vida, suponía tal vez la mas dura empresa de todas cuantas había emprendido nunca. Y decidió, como lo hacen algunas culturas, que en el ocaso de su vida retornaría todo cuanto pudiera a lo que fue el despertar de su existencia.
Llatamora, fue el pueblo que lo vio nacer y dar sus primeros pasos. Eran tiempos de posguerra, momentos muy duros, el hambre acuciaba por toda España. Ya por aquel entonces aprendió a buscarse la vida, como cuando en una ocasión acompaño a un pastor a llevar las ovejas al campo a cambio de un suculento almuerzo, tras el cual y con la barriga llena, salio corriendo mientras el pastor se quedaba durmiendo bajo un álamo y las ovejas se dispersaban sin vigilancia alguna.
Muchas cosas habían cambiado en aquel pueblo desde su partida tiempo atrás, aunque la esencia seguía innata en sus estrechas calles del casco antiguo. Ver su gesto paseando por las calles que lo vieron corretear, con un pantalón corto atado a la cintura por una cuerda. Pero sobretodo, su silueta, sombría, débil, con los primeros estragos de la enfermedad despeinando lo que fuera una poblada testa, allí parado frente a la que fuera su casa de la infancia, al fondo de un callejón, que sin duda hacia cincuenta y tantos años el mismo habría estado correteando de arriba abajo varias veces al día.
Santos sentía, pese a ser invierno, el calor del hogar, la magnética sensación de estar en el epicentro de su vida. Todo ello marcado por el efecto placebo que le proporcionaba estar en casa, de estar donde vio por primera vez la luz, y donde vería la ultima.
El descarnado eco de la enfermedad se hacia escuchar cada vez con mas vehemencia, el lo sabia pero no por ello se entristeció, al contrario, cuando mas cerca sentía la guadaña de la muerte, mas entero, mas valiente, preparado para aceptar con resignación la suerte que la divina providencia le había enviado.
Se fue como vino, rodeado de amor, queriendo enseñar, mostrando entereza, grandeza a fin de cuentas, con una cándida sencillez, sin grandes aspavientos, marcando el tempo para los que se quedaban. Y se quedo allí, donde el quería, donde crecen los álamos.


2 comentarios:
Mira qué poema tan bonito de Lord Byron, que yo leí en el libro de Arthur C. Clarck "Crónicas Marcianas":
Así que nunca más pasearemos
tan tarde de noche,
aunque el corazón siga enamorado,
y aunque siga brillando la luna
Pues la espada gasta la vaina,
y el alma gasta el pecho,
y el corazón tiene que pararse a tomar aliento,
y el amor mismo ha de descansar.
Aunque la noche fue hecha para amar,
y el día vuelve demasiado pronto,
nunca más pasearemos
a la luz de la luna.
Fdo.: El del Cónsul
Rectifico: Crónicas Marcianas es de Ray Bradbury. Estaba hablando unos minutos antes con un amido de Arthur C. Clarck y de ahí el error.
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