La soledad se cuenta por miles, te muerde los talones, el caos desborda las esquinas, solo pequeños topacios de fe se caen de la desgana.
Esta puñetera sociedad de la que formamos parte echa peste desde las cloacas, y el hedor ya casi lo alcanza todo.
En turbios momentos siento que me quemo bajo este sol desnutrido, los topacios de fe me persiguen como susurrantes sirenas que al oído me narran los cuentos de las mil y una noches. Yo huyo como puedo, a tientas, a gatas, a brincos circenses si lo etílico me lo permite.
El polen del loto cae de su flor, precediendo el acto final de la escena de un tiempo, un tiempo del que nadie me aviso. Nadie me lo dijo tampoco, pero así es como se siembra la flor del caos.
Esta puñetera sociedad de la que formamos parte echa peste desde las cloacas, y el hedor ya casi lo alcanza todo.
En turbios momentos siento que me quemo bajo este sol desnutrido, los topacios de fe me persiguen como susurrantes sirenas que al oído me narran los cuentos de las mil y una noches. Yo huyo como puedo, a tientas, a gatas, a brincos circenses si lo etílico me lo permite.
El polen del loto cae de su flor, precediendo el acto final de la escena de un tiempo, un tiempo del que nadie me aviso. Nadie me lo dijo tampoco, pero así es como se siembra la flor del caos.


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