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Etiquetas: el templo de los sentidos, noticias
La primera vez que vine a Amsterdam huía. No es nada extraño, la genta huye constantemente. Y yo lo hice. En aquel momento escapaba a zancadas de una tragedia amorosa, una historia que parecia lacrada para la eternidad y que se rompio fracturando en dos lo que era mi mundo. Aquí pasé mucho tiempo solo, paseando por las calles de esta gótica ciudad, de esta amalgama de gentes, culturas y colores. Y fue mi cuaderno el que inmortalizó en el tiempo algunos de aquellos momentos, algunos de los personajes que se cruzaban conmigo y que nunca más volveré a ver...
Tenía un aroma, no se si natural, asalvajado; pero para nada desagradable. Una tez morena, facciones angulosas, y una extensa melena oscura. Cuando el flequillo molestaba su mirada... un soplido y listo. Una belleza innata, de las que salen desde dentro.
El hombre de la manzana, con paso firme y gesto encorvado. Paseo paralelo a él camino de Sloterdikj. Va mordisqueando la fruta.
Es la amalgama que, como un murmullo lento y seco se apodera de ti, te desnuda los sentidos y te marchita el pudor. Es la sensación de no sentir.
Es el hombre de la manzana. Aquí esta otra vez, de nuevo en las inmediaciones de Sloterdikj. La fruta rojiza esta en su mano, esta vez brilla sin heridas.
Estoy en una zona conocida como Naritaweeg, unas enormes aspas de energía eólica se superponen al cielo gris. Ya están aquí otra vez. De nuevo un tren amarillo atraviesa la escena, creo ver los ojos de una chica a través de una ventanilla de uno de los vagones.
Al pagar la cuenta en Small Talk veo que mi ingles ha sufrido profundos estragos en este tiempo, aún así sigue siendo mejor que cuando llegue aquí por primera vez. Recuerdo que durante las primeras semanas, en mi “ofensiva” por hacerme con el idioma, quise decirle a una conocida si había comido bien y puso cara de “poker” porque en realidad la traducción de mis palabras venía a decir “¿te has masturbado bien?”. No comentaré nada sobre la respuesta que obtuve ante tan singular pregunta.
Lo cierto es que apenas llevo unas horas aquí y ya me siento otra vez en casa, nada me resulta extraño, es como si hubiera estado aquí la semana pasada. Dejé algunos amigos en este lugar, unos cuantos foráneos y otros tantos gente que, como yo, estaban de paso por esta ciudad. Pero nadie sabe que he llegado, puede que debiera avisar. Pero este retorno a Amsterdam es, en principio, para ocuparme de algo pendiente conmigo mismo.
Al salir a la calle noto como una fina llovizna se precipita sobre mí, sobre el asfalto y sobre Amsterdam. Ahora vuelvo a sentir como el gris del cielo, que oculta durante semanas el sol, hace renacer ese dialogo interno. Como una leve sensación de soledad se apodera de mi, al igual que el resto de los transeuntes. Lo que me recuerda que los inviernos aquí son duros, tanto que algunos medicos recetan contra la depresión lámparas de luz, tan añorada puede ser.
Tomo el tranvía en las cercanías del café, en Van Baerlestraat. Mi intención no es otra que regresar a Hugo de Groot Plein, en aquella zona está la que fue mi casa, allí está la puerta roja. Pero puede que deje esa visita para el final del día, será el colofón. Tomaré el número cinco, el me llevará a Koningsplein muy cerca del corazón de la ciudad.
Los tranvías holandeses siempre están poblados de gente, es un transporte ágil, puntual, y que los amsterdameses sienten como una extensión más de su cuerpo. Para un español cuesta asumir que el transporte público sea tan eficiente. Sentado en mí vagón vuelven las sensaciones que me llevarón tantas veces a escribir en mi Moleskine, momento más que propicio para volver a aquellas páginas escritas en otro tiempo, al menos eso creía yo.
Acabo de estar en uno de ellos, me ha traido hasta Uthrech. Durante unas semanas se han ocultado de mí, estaban tímidos tal vez. Es invierno, hace frío. Ellos son de metal, son máquinas. Pero empiezo a ver en ellos, en los trenes amarillos, extrañas señales de humanidad, pueden que sientan el frío. Como yo.
Apenas he tenido tiempo de avanzar más sobre mis antiguas reflexiones, ya se ha anunciado mi parada. Allí está.
El corazón de Amsterdam, la plaza Dam, está a muy poca distancia. Pero antes quiero volver a perderme en las calles adyacentes. La primera vez que lo hice acabé entrando en lo que yo pensaba que era un coqueto café, y lo era. Pero además de café podías comprar y consumir marihuana o hachis, en definitiva era un coffeshop. Yo no hice uso de tal libertad, pero no era necesario, el denso humo blanco mugía en la atmosfera. Allí conocí a todo un personaje, Contini, un italiano de unos cuarenta años de nariz protuberica que hablaba español a trompicones. Había trabajado en Tenerife algunos años y eso le capacitaba para que por lo menos pudieramos entendernos. Él también me habló de los trenes amarillos, para él eran una fijación desde que llegara a Amsterdam hacía catorce años. Fue precisamente Contini el que me habló de la fijación de los holandeses con suicidarse tirandose a las vías del tren. Me contó como más de una vez había llegado tarde a trabajar por que el tren había sufrido “un accidente”. En aquel momento me llamó la atención, pero nunca reparé en ello. Por lo menos no hasta que los trenes amarillos también parecían perseguirme a mí, incluso en la distancia, desde España, soñaba con ellos.
Ahora al aproximarme a la entrada de Damkring, así se llama el local, ya puedo olfatear desde las postrimerías el olor de la marihuana.
La tendencia a encontrarlo todo igual se vuelve a cumplir al cruzar el umbral de la puerta, el humo parece atenuado con respecto a otro tiempo, pero puede que sólo sea mi vaga impresión. Contini no esta en la barra, pero eso era de esperar. Vuelvo a pedir un capuccino, tanto tiempo sin tomarlo y en apenas dos horas voy a tomar dos.
Veamos que dice mi Moleskine de mi encuentro con Contini.
Hoy he conocido a Contini. Es italiano, pero repudia su país. No se portarón bien con él. La vida, está jodida vida. Lleva 14 años en Amsterdam. Aquí dice haber renacido. Pero se siente observado, al menos eso dice. Me habla de los trenes amarillos. Que curioso. Los trenes amarillos. Dice que el metodo de suicidio preferido por los holandeses es lanzarse a las vías a su paso. Lo desconocía. Es triste. Perderle la batalla a la vida siempre lo es.
Este tio esta como una “chota”. He estado una hora y media con él y me ha contado mil historias. Su vida condensada y empaquetada en palabras sólo para mi. Todo un personaje el amigo Contini.
Contini me dijo que en una ocasión, mientras observaba el paso de un tren amarillo, creyó verse asimismo en uno de los vagones, sentado junto a la ventanilla y mirando a traves de ella. Que se cruzo con su propia mirada... No se si creerlo la verdad...
Una pena que Contini no esté ahora en esta barra, me refrescaría la memoria. No se que fue de él, puede que siga por aquí, puede incluso que venga en un rato, o que se haya marchado instantes antes de llegar yo. O simplemente se encontrara definitivamente asimismo en un tren amarillo.
Al volver a la calle y tomar Kalverstraat, la calle que me llevará justo a la plaza Dam, vuelvo a sentir la multicolor Amsterdam, gente de todas las nacionalidades y credos se mezclan en esta arteria comercial de la ciudad, sólo el gris del cielo apaga la luz de la mezcla cultural. Pero no importa, esto es Amsterdam, aquí la vida no se detiene por la falta de sol, ni por que llueva levemente como lo hace ahora. Aquí todo sucede, todo transcurre aunque sea lentamente, sin prisa pero sin pausa.
Durante muchas tardes de sábado me senté entorno al monolito del Dam, es un monumento que homenajea a las victimas de la ocupación alemana de la segunda guerra mundial. Desde allí solía observar con detenimiento a la gente intentando adivinar en segundos que clase de personas eran. Mi cuaderno de piel negra tendrá algunas de aquellas fugaces impresiones.
No se a quién espero aquí sentado. Supongo que a nadie. La gente pasa a miles por aquí, cada uno de un color de piel distinto, diferentes peinados, caras alegres, tristes, hombres, mujeres, parejas...
Un tranvía atraviesa la plaza Dam, su sonido no es desagradable. Anuncia su salida con un tintineo de dulces campanas. Sus hermanos mayores, los trenes amarillos no andarán lejos.
Acabo de ver a un hombre... se parece al tipo de la manzana. Creo que era él. Llevaba una manzana en la mano, estaba mordida. Parece cabizbajo, triste. Es el no hay duda. Que casualidad. Siempre con una manzana en la mano.
Contini, el hombre de la manzana, los trenes amarillos... todo me parece algo surrealista. Esta ciudad es especial. Todo transcurre como en un cuento.
El hambre comienza a reclamar mi atención. Recuerdo un Feebo aquí cerca. Es un lugar de comida rapida. Casi toda una institución en Amsterdam. En invierno solía parar mi bicicleta ante la puerta de uno de los muchos Feebos que hay repartidos por toda la ciudad y tomaba siempre el mismo “tentempie”. Un cilindro de hojaldre relleno de bechamel y carne picada, su sabor picante y, sobre todo, la temperatura condensada en su interior hacía que todo mi cuerpo entrará rapidamente en calor.
Aquí esta, justo donde lo recordaba. Las casillas de comida siguen siendo las mismas, y la variedad tampoco parece haber cambiado. Mi cilindro de hojaldre, sigue existiendo. No me resistiré a volver a sentir el sabor de la comida rapida holandesa.
Ya no me aguanto las ganas de regresar a la que fue mi casa. No sé que haré cuando llegue, me plantaré ante la puerta roja de eso no hay duda, pero no se si me atreveré a llamar.
Un nuevo tranvía me conducirá hasta allí, ahora será el número diez. Estoy esperando a que llegue, rodeado de holandeses en su mayoria. Las bicicletas, que forman parte del paisaje de la ciudad, viajan veloces por la calzada. Una de ellas apunto ha estado de quedarse encajada en uno de los railes justo cuando se acercaba el tranvía. Malos recuerdos. Algo se remueve en mi interior. Creo recordar haber escrito sobre aquello.
No lo puedo creer. Hoy me disponía a volver a la zona de Naritaweg, me gusta escribir mientras el viento agita aquellas enormes aspas. Tomé un tren amarillo. Ya somos viejos conocidos. Todo iba bien, pero al llegar a la estación algo ha sucedido. Hemos frenado violentamente. Todos los que iban en mi vagón se han sobresaltado y han comenzado a hablar en holandés. No me enteraba de nada. La megafonía del tren nos han indicado, que abandonaramos el tren. Ya estábamos dentro de la estación. En la cabeza del tren había un gran revuelo de gente, personal de la estación, los de seguridad, algunos curiosos... ha pasado. Alguién se ha lanzado a las vías del tren. No quise mirar. No quería hacerlo. Pero lo hice. No ví de quién se trataba, no pude ver el cuerpo. Sólo he visto una manzana roja con un solo bocado. Estaba al otro lado de la vía, tirada y estropeada por haber recibido golpes.
Aún estoy en la estación de Sloterdijk. Estoy algo impresionado. Me he sentado en un café y he pedido un capuccino. No puedo dar crédito. La manzana. El hombre de la manzana.
Que jodida mierda. Aún no puedo creerlo.
Han sido ellos. Los trenes amarillos.
No, no puede ser. Los trenes siempre están ahí hacen su labor, tienen alma. De alguna forma la tienen, no harían eso. Ha sido él, no hay duda. Se ha cansado. Parecía triste el otro día. Ha perdido la batalla, la desídia le ha vencido.
Nunca terminé de asimilar todo aquello del hombre de la manzana. Se convirtió en una pesadilla durante algunos meses. Incluso compraba manzanas para morderlas una sola vez y observarlas en silencio, intentando pensar que habría podido empujar a aquel hombre a hacer aquello.
Ya veo la plaza, ahí esta. De nuevo aquí. Hugo de Groot Plein sigue ofreciendo el mismo aspecto, nada ha cambiado. El restaurante español Mano a Mano, el rumano Drácula, la floristería de Jasper... Todo en el mismo lugar, como si no hubiera transcurrido el tiempo.
Ahí esta el estanco, me pregunto si seguirán teniendo ese perro. Era simpático, en una ocasión apareció él tras el mostrador posando sus patas delanteras sobre él. Me reí bien agusto, como el estanquero cuando salió tras él y lo vio.
Aquí estoy, Van Houweningstraat, sólo queda llegar hasta el número nueve, allí es. La calle sigue como siempre, un pasillo de abedules flanqueado por dos grandes bloques de edificios de tres alturas cada uno. Yo vivía en el bajo, con acceso a un precioso patio central, por el que siempre merodeaban los gatos de la vecindad.
La puerta roja. Estoy delante de ella. La ranura del correo, por ella arroje las llaves pensando que nunca más volvería a este punto. Si las tuviera en mis manos, como las tuve en su momento, entraría, dejaría la chaqueta en la percha de la entrada, conectaría el equipo de música con la emisora que nunca cambié en todo aquel tiempo, una de jazz, y me haría un capuccino instantaneo calentando agua.
Pero no tengo las llaves. Nada de eso puede ser ahora. Puedo llamar, tener suerte y que me abrán la puerta y si la persona es simpatica y agradable puede que haga un viaje por el tiempo y retorne al otro lado de la puerta roja.
Llamaré. No pierdo nada. Mi pulso parece acelerarse por instantes. No obtengo repuesta. Llamo otra vez. Nada.
Ha sido inútil. Pero era de esperar. Cabía esa posibilidad. Aunque, en cierto modo, no puedo dejar de sentirme decepcionado, en lo más profundo de mi ser existía la posibilidad de regresar al interior de la casa.
Me siento en el borde de la acera, de espaldas a la puerta. Saco mi Moleskine de mi mochila. Busco entre sus páginas aquellas que corresponden a los últimos días en Amsterdam.
Ya queda poco. Pronto saldré de aquí. Enamorado de todo cuanto han visto mis ojos, incluso de las cosas tristes, al fin y al cabo son las que enseñan en la vida.
Ya tengo recogidas todas la cosas. Es mi última noche en esta casa. Esta madrugada, a las cinco, vendrá el taxi. Tengo que coger el tren de las cinco y media para llegar al aeropuerto. Gracias Amsterdam. Gracias por todo.
Apenas he descansado. Pero ya da igual. Estoy aquí, en un tren amarillo. El último que tomaré.
Me ha pasado. Yo también... me lo dijo Contini. Tengo los pelos de punta.
Era yo. No puede ser.
Al pasar cerca de Sloterdijk, estaba en el anden de pie...
Me he cruzado conmigo mismo. Como le ocurrio a Contini. Quiero salir del tren ya.
Estoy en el aeropuerto. Todavía me tiemblan las piernas, casi caigo a la vía al bajar del tren. Estoy asustado. No puedo creer lo que me acaba de ocurrir.
Aquello fue lo más extraño que me había sucedido en toda mi vida. Nunca antes... hasta ahora. La puerta roja esta abierta. Ya han llegado los inquilinos. No los he oido.
Pulso el timbre esperando una respuesta. Golpeo suavemente la puerta. Nadie contesta. Asomo la cabeza saludando en inglés. Nadie.
Las llaves estan puestas por detras. Un chubasquero parecido al que yo tenía cuelga de la percha de la entrada. Sigo avanzando al interior de la casa. Temo que los propietarios se asusten al verme. Voy entrando y saludando. Nadie.
Me planto en medio del salón. Todo está igual. Extrañamente igual. La emisora de jazz suena en el equipo de música, todo está en su sitio. Mi ordenador está abierto donde siempre ha estado, el capuccino caliente me espera sobre la mesa.
Ahora lo entiendo todo. Yo nunca me fuí de aquí. Jamás abandoné Amsterdam, aquí estan las mejores manzanas, por amargos que sean algunos bocados, y, como no, los más deliciosos capuccinos.
FIN
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