miércoles 24 de septiembre de 2008

La pistola de un ganster


Lo mio es un trabajo duro creanme, lo mismo estoy oliendo el sobaco de mi jefe que rozándome con la cadera de algún maloliente gordiflón.

En mi profesión, la única que he conocido desde mi creación, no tenemos sindicato. Pocos derechos nos amparan, solo nos queda el consuelo de acabar trabajando para alguien que ame nuestras formas, que adore nuestro atrevido cometido, aunque siempre suele estar en entredicho la salud mental de los que nos adulan.

Para colmo, nuestra función, lo único que sabemos hacer, esta mal visto. Nuestros antepasados gozaban de otro cache, fuimos los reyes, sobre todo en la vieja América, aquella de Billy El Niño. Yo no quito razón a aquellos que ahora piden nuestro eterno silencio, pero algo hay que decir, no podemos dejarnos avasallar.
Hoy me reivindico, me hago oír más allá del silbido de mi cañon. Soy la pistola de un gánster.

lunes 15 de septiembre de 2008

La flor del caos II


El caos es el desorden, la descomposición de lo establecido, romper con los rigores que ofrece el calor del hogar, ahogarse en el despropósito.
Las normas aturden, sofocan las autenticas sensaciones, mitigan la capacidad critica. No es osado afirmar que aborregan. Eso es, aborregan.
Estamos tan acostumbrados a fingir que vivimos en plena libertad, que balamos tanto como respiramos.
El caos no gusta, es contraproducente, si vives en este lado de la falla estas marcado, eres raro, tienes pájaros en la cabeza o, simplemente, eres hippy. Es la eterna lucha entre el bien y el mal, caos y orden, vivir o creer que vivimos.
Seguiremos torpedeando la tela de araña en la que nos movemos, la tarántula se acerca y su pelillo me da asco.

martes 9 de septiembre de 2008

La flor del caos


La soledad se cuenta por miles, te muerde los talones, el caos desborda las esquinas, solo pequeños topacios de fe se caen de la desgana.
Esta puñetera sociedad de la que formamos parte echa peste desde las cloacas, y el hedor ya casi lo alcanza todo.
En turbios momentos siento que me quemo bajo este sol desnutrido, los topacios de fe me persiguen como susurrantes sirenas que al oído me narran los cuentos de las mil y una noches. Yo huyo como puedo, a tientas, a gatas, a brincos circenses si lo etílico me lo permite.
El polen del loto cae de su flor, precediendo el acto final de la escena de un tiempo, un tiempo del que nadie me aviso. Nadie me lo dijo tampoco, pero así es como se siembra la flor del caos.